Opinión

Alfabetización mediática contra periodismo amarillo

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Durante mucho tiempo se ha creído que el periodismo amarillo es el que se practica en diarios en formato tabloide, impresos a dos tintas o a todo color, con tipografía llamativa y titulares engañosos, chocantes o directamente repugnantes a la razón o al decoro. Ahora, sin embargo, a medida de que la prensa impresa va recorriendo un camino que parece conducir de la duda a la involución (salvo meritorias excepciones) comprobamos que se puede hacer amarillismo con titulares de cuerpo 36 y portadas compaginadas en columnas.

El ejercicio cotidiano de lectura de las portadas de los diarios nos alecciona sobre ese engullimiento que el amarillismo disimulado y el sin disimular practica con el periodismo. Se trata de un ejercicio esforzado porque tal simulación es ejercida con precisión de orfebre. Y es así no porque busque vender diarios; su negocio ya es otro. Personas de buena fe imbuidas de un loable ánimo moralizante han creído siempre que los medios sensacionalistas buscan el enriquecimiento de sus empresas mediante la expansión de la difusión. Quizá fue así durante un tiempo pero ya no. La persuasión publicitaria, con su argumentación retórica y su complejidad semiótica está siendo sustituida por una incipiente aunque intensa interpelación personal en red, en la que aparece con toda crudeza el sempiterno modo dual de manipulación social: mediante la intimidación o mediante el halago (que es lo que ha llevado a Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, y por eso desprecia a los medios y los periodistas, por considerarlos obsoletos y contraproducentes para sus fines).

Se puede hacer amarillismo con titulares de cuerpo 36 y portadas compaginadas en columnas

La prensa diaria nos ofrece cada día en las portadas que cuelgan de los quioscos unas persistentes lecciones de minitrumpismo. Para disimular, acusan a Twitter de ser escenario de discusiones de barra de bar cuando en sus propias páginas se encuentran peores infundios recubiertos por la pátina del libro de estilo, que es la capa que todo lo tapa. Lo hacen porque su objetivo es la venta pero no al público sino a quienes pagan de verdad su fiesta: los bancos y los intereses políticoinstitucionales que deciden sobre el acto financiatorio. Los diarios no editorializan ya en sus artículos ad hoc que se presentan como tales sino en los titulares principales. Siempre se ha hecho así, cierto, pero ahora más y con mayor descaro. Léanse con lupa los titulares de portada de uno u otro cotidiano y se comprobará que su redacción no ha sido pensada para servir al lector sino para simular una cierta retórica informativa y por tanto admisible que en realidad no concuerda con los hechos sino que trata de inducir sensaciones en el lector desprevenido. Por eso se le llama sensacionalismo y por ello en la motivación que lo inspira reside la esencia del periodismo amarillo: en escribir no atendiendo a los intereses de los lectores –que como ciudadanos son titulares del derecho democrático a la información—sino en los de quienes han de proporcionar beneficios privados a las empresas y a los intereses políticos a los que sirven.

Cuando comencé a ejercer de periodista, a finales de los años 60, algunos profesionales de la información y de la educación ya reclamábamos la introducción en la escuela de los periódicos como elemento didáctico. Éramos conscientes de que la educación debe incluir la capacidad de comprender la información para poder gozar de ese derecho. Ahora, cinco décadas después, la práctica de la alfabetización mediática es ya ineludible, a causa del mismo imperativo pero por mor de otro adicional que no se puede soslayar más: los alumnos deben prepararse para vivir en un mundo en el que su libertad de opción no sólo social sino incluso personal se juega sobremanera en el campo de la información.

Los alumnos deben prepararse para vivir en un mundo en el que su libertad de opción no sólo social sino incluso personal se juega sobremanera en el campo de la información

La alfabetización mediática que la UNESCO propone como tarea ineludible de educación democrática tiene que practicarse no sólo con mirada crítica sino con calibre de pie de rey. No es un problema de tecnología sino relativo a las llamadas competencias de lectoescritura, que quieren decir simplemente ser capaz de entender lo que se lee y de expresar lo que se piensa. La alfabetización mediática va un poco más allá: saber interpretar el porqué de lo que han escrito otros (y por eso esta nueva disciplina forma parte con todos los honores de las humanidades: porque es una hermenéutica).

El desenmascaramiento de la postverdad –que no es más que una mentira que no se confiesa a sí misma como tal—pasa por una hermenéutica exigente que desvele las imposturas del titular editorializante disfrazado de elemento informativo (se rompe la sacrosanta separación de la información y la información desde la misma portada, y todos tan frescos). Porque el amarillismo rampante de la prensa española actual se ejerce agazapado en la maraña de una escritura periodística equívoca que ya no trata de convencer mediante la persuasión retórica sino por la introducción machacona de palabras consigna y la distorsión deliberada del componente informativo a beneficio de la tergiversación mediante la opinión enmascarada y la inducción de sensaciones.

Se equivocarán quienes crean que la comunicación basura se limita a formatos de televisión groseros o a difusiones insultantes en redes sociales

Léanse pues atentamente día a día los titulares de portada de la prensa impresa y se hallará que entre nuestros editores patrios de hoy existen algunos que no tienen nada que envidiar a los Murdoch o los Springer; les han superado ampliamente en capacidad de engaño disimulado y sostenido fraudulentamente con artificios que remedan la información cuando sólo pretenden torcer sentidos y deformar hechos. Ya no es la foto de un falso Hugo Chávez difunto en portada un día, es la titulación tendenciosa un día sí y otro también.

Se equivocarán quienes crean que la comunicación basura se limita a formatos de televisión groseros o a difusiones insultantes en redes sociales. La verdadera contaminación mediática trata de colarse en la fiesta vestida de formatos informativos y tipografías conservadoras, aparentando una cierta altivez, adulando a la cultura de cejas altas y haciéndose la ofendida. ¿Les parece extraño? Hace años que Rupert Murdoch lo ensayó en The Times con muy notable éxito.