Opinión

Aprender viajando

Pepa Roma con Winnie Mandela, esposa de Nelson Mandela, en su casa de Soweto en 1980. Foto: pepa-roma.com

Desde pequeña me sentí negada para las letras, y muy especialmente para la geografía e historia, esas asignaturas para las que se requería buena memoria. O al menos así nos las enseñaban, a base de memorizar y recitar fechas, reinados, plazas de batallas, nombres de ríos, capitales, provincias y países. Lo que para mí venía a ser una tarea tan pesada como cargar un saco a la espalda en el que vas colocando piedras, algo para lo que mi cerebro era demasiado perezoso o carecía de las condiciones para  almacenar.

Lo mío era la ciencia, las matemáticas, la física, y hasta la astrofísica, y muy especialmente todo aquello que estudia la evolución del ser humano o del universo. En definitiva, lo que podía aprenderse como un juego, a base de sumas y restas y otras combinaciones lógicas que requerían habilidad de razonamiento y una cierta gimnasia mental; o algo que excitaba la curiosidad de la niña aficionada a perseguir insectos o diseccionar lagartijas porque prometía desvelar algún secreto bien guardado de la vida. En este sentido, buena parte de las asignaturas eran para mi como un juego. Un juego de la oca, en el que de ejercicio en ejercicio avanzas hacia una solución final o una promesa de sentido; un rompecabezas, en el que lección a lección se va desvelando un panorama o visión global del mundo o la existencia.

La curiosidad y la búsqueda de sentido que tan violentamente ataca en la adolescencia han sido el motor o motivación que me permitió destacar en muchas asignaturas. Pero no con historia, geografía o literatura, lo que hace que todavía hoy me sorprenda haberme convertido en escritora. Nombres de reyes, fechas y obras cumbre de la literatura se mezclaban como un batiburrillo en mi frontispicio sin pasar a zonas mas profundas de comprensión. Sencillamente, no encontraba sentido a aprenderme todos aquellos nombres.

Pepa Roma, en su primer viage a la India. Foto: pepa-roma.com

Hasta que un día cogí una mochila y me planté en un país extraño. Tendría ya cerca de veinte años y ese país se llamaba India. No era el primer país al que viajaba. Antes había estado en Francia, Italia, Suiza, y había vivido un año en Londres; me había deslumbrado con juvenil perplejidad ante la Torre Eiffel, los Alpes nevados, la Torre de Pisa o el Coliseo de Roma, como primeros hitos alrededor de los que iré construyendo el mapa de una ciudad o país nuevo y fascinante.

En Londres, al salir de las clases de inglés en el Princenton College, me iba a diario al cercano British Museum, donde en un empeño de aprobar Historia del Arte, una asignatura que me había quedado pendiente de sexto de bachillerato, me dedicaría cada día a visitar con detenimiento una sala o una época. Paso a paso, la Puerta de Ishtar, tesoros del antiguo Egipto, van adquiriendo un lugar en el mapa y asociándose a fechas, nombres, batallas y dinastías, componiendo un todo con sentido. Cada monumento, estatua, joya es una revelación de un pasado grandioso de la humanidad, dotando a civilizaciones antiguas con su historia de un halo romántico y legendario.

Pero es en la India donde aterrizo de lleno en una civilización tan antigua como viva y extraña. Un caos de olores, colores y sabores que te nubla los sentidos, así recuerdo mi visión primera al aterrizar en Bombay, antes de poder empezar a nombrar con palabras cada cosa que veía, escuchaba o comía. Un laberinto de calles y callejones, caminos que se cruzan y descruzan, donde aprender a leer un mapa con sus carreteras, vías de tren y estaciones, o retener el nombre de la ciudad por la que has pasado o a la que te diriges es vital para no perderte o llegar a destino.

Literalmente, aprendí geografía, eso que tanto se me resistía, dando la vuelta al mundo. Y con ella, historia, antropología y hasta literatura

Los recorridos en tren cruzando selvas y desiertos o bordeando el Ganges, irán trazando un mapa visual inolvidable del país con sus hitos y estaciones, accidentes geográficos y fronteras. Aprender se convierte en un juego fascinante, los nombres y fechas dejan de ser pesados y opacos pedruscos para convertirse en sonoras palabras cargadas de música y significado.

De forma que durante mucho tiempo, la India permanecerá para mí como el centro de un mapamundi que empieza a tomar forma a medida que me desplazo por el subcontienente, y a partir de él cruzo fronteras hacia otros países de Asia, Australia, el Pacífico, América, hasta completar la circunvalación del globo. Literalmente, aprendí geografía, eso que tanto se me resistía, dando la vuelta al mundo. Y con ella, historia, antropología y hasta literatura, como asociadas a esos mismos paisajes, creando una red de sentido entre la historia del ser humano, sus culturas y su entorno, que iba asociándose y grabando para siempre en mi cabeza con nombres que ya nunca olvidaría.

Rastreando los lugares en busca de claves para entender el mundo y al ser humano, cada día encontraba una pieza, algo de especial valor, que encajaba de forma natural en el rompecabezas, creando un dibujo cada vez más amplio y mejor definido del mundo con su telaraña de ríos, tablero de países, y redes de ciudades.

Son las grandes obras humanas alrededor de las que se configura o por las que recordamos una ciudad. Difícilmente recordaría en qué punto del mapa está Agra, si un dia no hubiera tomado un tren hasta allí y descubierto que ninguna postal puede transmitir la magnificencia del Taj Mahal al natural. Y lo mismo podría decir de Bombay y sus Torres del Silencio, Benarés y sus ghatts de cremación, Borobodur con sus Budas gigantes, Bali con sus templos y terrazas de arroz alrededor del gran volcán, Sydney con su Opera House, Hong-Kong con sus rascacielos y ciudad flotante, Kioto con sus ceremonías del té y casitas de muñeca, y así con Hawaii, San Francisco, Nueva York, México, o Antigua. Ciudades secundarias o un paisaje especial son a menudo el primer ancla en la memoria de un país, como Cartagena de Indias para Colombia, el Lago Atitlan o el Quiché para Guatemala, Inshala para Argelia, Luxor para Egipto, la sabana de oro para Zimbabue. Y a partir de ese lugar que ya no podrás olvidar, el resto va emergiendo de la bruma con el mapa al completo del país y el continente.

De forma que hoy no sería exagerado decir que llevo en la cabeza un mapamundi muy parecido a aquel que se nos enseñaba en el colegio, en varias de sus versiones. El mapa físico con sus accidentes geográficos, el político con sus fronteras y capitales, y el más fascinante de todos, el mapa de lo humano y sus culturas. Es tirando del hilo de la curiosidad que despertaba cada nuevo país que llegué a sus epopeyas y poesía. Si en el Ramayana o el Bagavad Gita descubría el sentido filosófico de la épica y la fabula, en Amaru, poeta indio del amor místico del siglo XIV, descubría el poder de transmutación de la realidad que tiene la literatura.

Viajar es un método infalible para aprender y fijar en la memoria nombres, fechas y datos, de forma permanente

Y así, dando un gran rodeo es como finalmente llegué de vuelta a casa, descubriendo que El Quijote, Quevedo o Valle Inclan no sólo eran títulos y nombres, fechas de nacimiento y estrofas a recitar para aprobar una asignatura, si no abracadabras de un mundo nuevo y fabuloso que estaba en los libros. Cada uno con sus claves a descifrar para acceder a su significado. Otro juego para la mente y estímulo para la curiosidad.

Eso de que una imagen vale más que mil palabras no siempre es cierto para los que nos dedicamos al periodismo escrito y la literatura. Pero para las personas que tenemos memoria visual, pero casi ninguna verbal, viajar es un método infalible para aprender y fijar en la memoria nombres, fechas y datos, de forma permanente. También para leer y crear un mundo imaginario a base de soñar y juntar palabras con su correspondiente imagen mental. Así es como llegué a las letras, ese mundo que se me resistía.

Pepa Roma

Periodista, escritora y viajera. Licenciada en Filosofía y Letras y Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha trabajado como periodista en los principales medios de comunicación españoles, como TVE, La Vanguardia o El Periódico. Ha publicado las novelas Mandala (Premio Andalucía de Novela, 1997) e Indian Express (Premio Azorín, 2011).