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Opinión

Cambio de orden

Precisamente en estos días, cuando recién se han comenzado a flexibilizar las medidas de aislamiento en algunos países, el escritor francés Michel Houellebecq rompió el silencio para proferir unas provocadores líneas en torno al pedestal desde el que suele mirar Europa occidental al resto: «No será eternamente la zona más rica y desarrollada del planeta. Todo eso se ha acabado, pero ya hace tiempo que se acabó, por lo tanto, no es ninguna primicia».

Para quien esté más o menos familiarizado con la volcánica obra del autor de Sumisión, la cita no debería levantar sospecha alguna, pero no deja de ser reseñable que uno de los escritores contemporáneos más leídos del mundo aluda a un cambio de orden en medio del cataclismo.

Ver a países como Italia, Francia, Inglaterra y España lidiar con tanta torpeza y soberbia con una crisis sanitaria provocada por un virus de origen desconocido, debería suponer el surgimiento de nuevos paradigmas que permitan tomar cierta distancia del marchito eurocentrismo. 

Escribo esto sin ánimos de aleccionar. Recién he vuelto a México, donde nací, uno de esos países exóticos en América Latina cuya terquedad sin fin se confunde con leyenda. En un territorio de más de 126 millones de habitantes, la economía informal produce poco más del 22 por ciento del producto total mexicano y emplea a más de la mitad del total de trabajadores activos. Con economía informal refiero a gente que vive al día, sin ningún tipo de prestación, crédito ni seguro de desempleo. Si se enferman, no comen. Si les da pereza levantarse, no comen. Si se aíslan, no comen. En México y buena parte de Latinoamérica, el confinamiento es un privilegio. 

A la par, con un megalómano montado en la silla presidencial más omnipotente, mientras se desmoronan los modelos económicos y políticos que habían regido el mundo desde la caída del muro de Berlín, en los confines del mapa se han erigido, con sigilo, caras refrescante para asumir el liderazgo político de los nuevos tiempos: Jacinda Ardern en Nueva Zelanda, Katrín Jakobsdóttir en Islandia, Mette Frederiksen en Dinamarca, Erna Solberg en Noruega o Tsai Ing-wen en Taiwán. Todas mujeres, con el mérito irreprochable de haber atajado la crisis con solvencia, pragmatismo y una reconfortante dosis de humanismo. 

Miremos al futuro con optimismo, pero sin la candidez de antaño. Tan pronto acabe esto, conviene sacar a flote todas nuestras memorias sobre los tiempos de falsa bonanza. Hay que cantar —decía el poeta Paz—, cantar para olvidar la vida verdadera de mentiras y recordar su mentirosa vida de verdades. Sólo así resurgiremos. 

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