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Desmontando PISA (4): El negocio de PISA

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Con PISA, se empieza a poner el acento en medir el rendimiento del estudiante más que en atender sus necesidades. Foto: Shutterstock.

Efectivamente, y este es un aspecto que no debemos olvidar, las multinacionales del mundo editorial y relacionadas con la educación privada están desembarcando en este suculento negocio que comporta muchos millones de beneficios. Pearson, la corporación del negocio educativo más grande del mundo, se hizo con el contrato para la gestión de los exámenes de PISA y de la plataforma digital que los sustenta. Contrato pagado con dinero público por los ministerios de Educación de los países participantes. Es decir, esta multinacional no solo redacta los exámenes, también los corrige y aporta las herramientas informáticas para analizarlos. Según el académico canadiense Donald Gutstein, Pearson utiliza PISA como cabeza de puente para manejar los hilos de la educación mundial. Al menos le sitúa en una posición muy ventajosa a la hora de vender sus servicios a aquellos gobiernos que quieran conseguir mejorar sus resultados en las próximas evaluaciones.

Para Diane Ravitch, experta educativa de la Universidad de Nueva York, estamos ante “la irrupción de big data en las escuelas”, en donde grandes fondos de capital riesgo ya están entrando en este mercado, invirtiendo en compañías digitales que se dedican a desarrollar apps, diseñar y evaluar exámenes y vender datos de estudiantes para aumentar sus márgenes de beneficio aún más.

La multinacional Pearson, encargada de redactar y corregir las pruebas, utiliza PISA para manejar los hilos de la educación mundial

Como analiza Pablo Gentili, no es coincidencia que PISA exista en un contexto en el que los grandes monopolios de la producción de los libros didácticos han crecido exponencialmente. Un sistema como el de PISA genera enormes beneficios económicos al que produce las herramientas para examinar de forma estandarizada en todo el mundo y materiales didácticos estandarizados para tener “éxito” en esas pruebas. Además de darle un control inmenso, como decíamos, sobre lo que los niños y niñas de todo el mundo tienen que estudiar y el profesorado enseñar.

Los efectos colaterales de PISA

El problema colateral de este fenómeno es que los países están emprendiendo una loca y desenfrenada carrera por estar en los puestos superiores del ranquin, pues quien pierde el tren de esa supuesta “excelencia” acaba descarrilando. Esto implica que se exija al profesorado que se centre en buscar la forma de obtener resultados, dedicando el tiempo a preparar lo que le piden en las pruebas o a conseguir aquello que les sitúe en la cúspide del ranquin. Pero, a su vez, el alumnado con dificultades y diversidad se convierte en un estorbo y una posibilidad de que el centro baje puestos en el ranquin si lo admite o dedica mucho tiempo a su atención. Por ello, se produce un efecto de inversión en la práctica educativa profundamente corrosivo: ya no se piensa qué puede hacer el centro por el alumno o alumna, sino qué pueden hacer ellos porque el centro mejore su posición en los resultados del ranquin de competencias.

La importancia desmedida que se le está concediendo socialmente a las evaluaciones, por su impacto mediático, puede significar un cambio crucial en los objetivos de la escuela. Con la llegada de los informes PISA, se empieza a poner el acento en medir el rendimiento del estudiante más que en atender las necesidades del mismo. Y medir el “éxito” también del profesorado y de los centros en función de la adaptación a la conformidad de las demandas exigidas en esas pruebas estandarizadas. El buen docente comienza a ser el que genera buenos resultados conforme PISA.

PISA pone el acento en medir el rendimiento del estudiante más que en atender sus necesidades

Los especialistas apuntan que el régimen de PISA, con su ciclo continuo de medición global, está haciendo daño al alumnado y empobreciendo la educación, aumentando aún más el ya alto nivel de estrés en las escuelas, con una presión constante por el rendimiento, lo que pone en peligro el bienestar de los estudiantes y de los docentes. Alertando de que esta dinámica supone un riesgo real de matar el placer de aprender, transformando el deseo de aprender en afán de aprobar.

Otra evaluación es posible y necesaria

Debemos reconsiderar este tipo de pruebas estandarizadas. No es admisible creer que tres puntuaciones de las pruebas de PISA muestren la calidad de los sistemas educativos, la capacidad del profesorado, el desarrollo de los estudiantes, y la mejora de la sociedad.

Debemos replantear la evaluación como un proceso integral orientado a producir información, contextualizada social y culturalmente, para mejorar los procesos de enseñanza y aprendizaje. Se están llevando a cabo otro tipo de evaluaciones mucho mejor enfocadas. Por poner un solo ejemplo, hay muchas más ventajas en las pruebas UNESCO que en el reduccionismo analítico de PISA, como analiza la especialista ecuatoriana Rosa María Torres.

Debemos replantear la evaluación como un proceso integral orientado a producir información, contextualizada social y culturalmente

Por lo que, como dice Pablo Gentili, deberíamos salir de PISA, porque “PISA simplifica lo que es complejo. PISA jerarquiza lo que no tiene un orden. PISA compara lo incomparable. PISA silencia lo que la realidad amplifica. PISA distrae lo que merece atención. PISA consagra lo que es banal y trivializa lo que debería ser fundamental”. Y eso sólo exige voluntad política de hacerlo.

Esto no significa rechazar las evaluaciones, sin repensar el modelo y al servicio de qué y de quién se realizan. La evaluación es una parte constitutiva del proceso formativo y una herramienta para reconocer sus avances y dificultades, por lo que debe ser un componente fundamental de toda política pública democrática.

Pero la evaluación debe ser una evaluación democrática en el que participen como protagonistas las propias comunidades educativas. Debe permitir analizar los múltiples factores que inciden en ese proceso. Y debe ayudar a todos los actores que intervienen en él a mejorar las prácticas pedagógicas con un sentido formativo y no culpabilizador. Lógicamente, también debe ayudar a diseñar políticas y estrategias orientadas a mejorar las políticas gubernamentales en todos los campos de actuación. Este es el reto y la urgencia.