Opinión

¿Hombre feminista o espacio feminista? Reflexiones en el día internacional de las mujeres

Feminismo_Aika
La superación del patriarcado es liberador también para los varones. Foto: Shutterstock.

Hace unos meses, en plena conmemoración del día internacional contra la violencia de género, el presidente de Canadá  Justin Trudeau, envió un tuit en el que instaba a los padres canadienses a hablar con sus hijos por 20 minutos (durante ese día) sobre la importancia del cuidado, la protección y el respeto hacia las mujeres. Personalmente me pareció una iniciativa destacable, ya que permitía poner en relieve una discusión de la que debemos ser parte todas y todos. Además, resultaba particularmente valorable que el mensaje proviniera de un representante del poder político, grupo que por lo general no abraza de manera tan explícita estas causas.

Ahora bien, más allá de estas apreciaciones  y analizando la iniciativa de Trudeau con más profundidad, el tuit da bastante para pensar, pues además tuvo gran impacto mediático. De partida, es llamativa la aparente sobrevaloración social que existe cuando los discursos y demandas en general propias del feminismo son proclamadas por los hombres, sobre todo por hombres que ocupan espacios de poder. Además, queda en evidencia la abrupta emergencia de la figura del “hombre feminista”, que abraza la causa, y que implícitamente se auto reconoce como deconstruido, o liberado de la estructura patriarcal. Pues bien, ante esto, dos preguntas:

Histórica y estructuralmente, el feminismo ha sido una lucha reinvindicativa que ha estado promovida, encausada y liderada por mujeres empoderadas que, desde una posición crítica al orden social, buscan transformar el diseño y la organización patriarcal en un modelo igualitario para hombres y mujeres, en todos los espacios de la vida. Ante esta realidad, ¿podemos los hombres hacernos parte de su lucha per sé?

En este contexto, hay muchos hombres que se autodenominan “feministas” y que se ofenden cuando las mujeres los sacan de la zona de confort en sus argumentaciones. También suele haber “hombres feministas” que, ante un grupo de mujeres, tienen la necesidad de destacar ante ellas, en vez de respetar y legitimar dichos espacios. Estando formados y socializados en el patriarcado y con los privilegios sociales que conlleva nuestra condición de varón –o lo que Connel denomina “dividendo patriarcal”–, ¿resulta suficiente el trabajo de concientización desarrollado durante años por el feminismo para que los hombres feministas podamos autodefinirnos como deconstruidos?

No es posible abrazar las causas del feminismo ‘per sé, y tampoco que los hombres por hacer una crítica al patriarcado nos asumamos ‘deconstruidos’

Al menos hipotéticamente, diría a ambas preguntas que no. No es posible abrazar las causas del feminismo per sé, y tampoco que los hombres por hacer una crítica al patriarcado nos asumamos deconstruidos. Más allá de la visibilización de las demandas, es un hecho que los modelos históricos y actuales de producción y desarrollo social, por un lado favorecen la presencia privilegiada de los hombres en las principales áreas productivas, y por otro lado, complejizan la interacción hogar-trabajo. Según Marina Subirats, esto hace inviable los procesos de conciliación familiar, algo que sin duda termina por afectar más a las mujeres y su presencia en el espacio publico, además de las múltiples discriminaciones que permanecen socialmente.

Ante esta realidad, ¿qué podemos hacer como hombres? Pues podemos contribuir a que este cambio se consolide, y para esto, planteo las siguientes tres reflexiones:

En primer lugar, debemos partir de la base –y a la vez tener la convicción– de que esta transformación será beneficiosa para todos y todas. Lo más urgente y necesario es garantizar un espacio equitativo de desenvolvimiento de las mujeres en la sociedad, pero también hay que tener presente que no todo en el sistema patriarcal representa solo ventajas para los hombres. Parte de la teoría de género devela que, paradójicamente, los hombres también hemos sido privados de posibilidades por la hegemonía de un modelo de masculinidad tradicional y violento. Es decir, con el patriarcado nadie gana, ni mujeres, ni hombres, y una superación del patriarcado es liberador también para los varones.

Con el patriarcado nadie gana, ni mujeres, ni hombres, y una superación del patriarcado es liberador también para los varones

Un segundo paso es aceptar que hay espacios donde los hombres no debemos ni podemos participar. ¿Por qué? Pues porque las mujeres han sido el colectivo reprimido y excluido por el patriarcado, y aunque nuestra condición de colectivo privilegiado tiene dimensiones en que es posible relativizar, los hombres no estamos aún en posición de cuestionar las perentorias reivindicaciones de las mujeres, en tanto los privilegios masculinos permanecen y son adscritos. La tarea central entonces consistirá en legitimar y promover el proceso, y no necesariamente en hacerlo propio.

En tercer lugar, más que meramente declararnos feministas, la clave está en llevar la causa feminista a nuestra vida cotidiana, a esos espacios donde los hombres hacemos uso de nuestros privilegios. La parte difícil estará en darnos cuenta entonces de que, justo en esos espacios, no encontraremos laureles precisamente y que es probable que tengamos que perder privilegios.

La clave está en llevar la causa feminista a nuestra vida cotidiana, a esos espacios donde los hombres hacemos uso de nuestros privilegios

Como dijo la activista británica Kelley Temple a la hora de hablar pedagógicamente del rol del hombre en la lucha feminista: “Los hombres que quieren ser feministas no necesitan que se les dé un espacio en el feminismo. Necesitan coger el espacio que tienen en la sociedad y hacerlo feminista”. Esto resulta genuinamente interesante, más ahora que nos situamos en tiempos de incertidumbre y resignificación social.

El plantear la imposibilidad de la deconstrucción masculina en la actualidad, no pretende desincentivar a aquellos hombres en proceso de concientización, al contrario. Lo que se sugiere en esta columna es el importante desafío pedagógico de promover nuevas generaciones de individuos donde prevalezca la voluntad de construir una sociedad más justa y equitativa para hombres y mujeres. En este sentido, no queda más que esperar que las nuevas generaciones nazcan y se construyan con relaciones de poder distintas a las del patriarcado, algo que no lograremos pronto, pero donde si podemos avanzar visibilizando la situación de inequidad que viven millones de mujeres en el mundo.