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Opinión

La educación en el escenario del coronavirus

Por Tomás Atarama

La educación es educación, independientemente del apellido que le acompañe. El fin social al que atiende es considerado un derecho fundamental: la formación de las personas, tanto intelectual como emocionalmente. Por esto, en este escenario de incertidumbre es clave que todos los que integran el entorno educativo sean capaces, en un ejercicio de prudencia, de calibrar correctamente hasta qué punto se puede llevar a cabo este fin.

Parece ser que en un acto de respuesta reflejo la sociedad entendió que la educación no podía detenerse, y se migró en muy pocas semanas a un modelo de educación virtual sin variar los objetivos perseguidos. Miles de profesionales dedicados a la tarea de formar se vieron forzados a explorar y experimentar contra el reloj nuevos modos de afrontar su actividad docente. En el entorno universitario, esto ha supuesto varios retos que es importante repensar ahora, cuando la situación parece que tendrá cierta continuidad.

Lo primero es recordar el contexto. Este no es un momento en el que los alumnos se encuentren en sus casas estudiando, es más bien un momento en el que los alumnos se ven obligados a estar en sus casas para sobrevivir a una pandemia y, en la medida de lo posible, para intentar no detener su proceso de aprendizaje. Nadie niega que estudiar con la tensión a cuestas del conteo diario de miles de muertos en el mundo pueda forjar en resiliencia, pero no estoy seguro de que sea lo primero que se deba buscar. Tal vez sea más importante desarrollar la reflexión, la sensibilidad, la solidaridad.

Lo segundo es reconocer las limitaciones. No toda la educación puede ser virtual. Cada vez hay más herramientas y más posibilidades; y es cierto que una situación extraordinaria requiere respuestas extraordinarias, pero no hay que normalizar esta excepcionalidad. El optimismo es necesario, y más vale tener la convicción de los directivos universitarios para sacar adelante el año académico. Pero hay que ser conscientes de que será un año académico atípico, donde la promesa formativa inicial no se puede garantizar al 100%, aunque se cumpla con el servicio esencial. Este año nos dejará, sin duda, tareas importantes para los cursos académicos venideros, donde habrá que reforzar aquellas competencias que requerían de una presencia física con cercanía social.

Y lo tercero es pensar en no desvirtuar la educación. Este es el riesgo que más me preocupa. Transmitir a los alumnos la sensación de que la educación continúa manteniendo el nivel y la promesa formativa anterior a la pandemia es, cuando menos, una imprecisión. No es lo mismo, ni debería pretender serlo. Esta migración global al modelo virtual es, en realidad, una respuesta audaz a la crisis que atravesamos, pero no es lo mismo que la educación presencial. Hay cosas irremplazables del trato interpersonal presencial que deben seguir presentes en el discurso, sin tratar de minimizarlas en aras de dar realce al esfuerzo por seguir formando de modo virtual.

Frente a estas tres ideas, cada profesor universitario puede establecer estrategias para cumplir con su tarea de formar a los alumnos. Considero que, por ejemplo, sería importante mostrar cercanía y apertura hacia los alumnos y sensibilidad hacia el contexto; recordar en clase que ellos se llevarán lo esencial gracias al compromiso de garantizar el nivel y la exigencia académica acorde a la naturaleza de la modalidad; y proyectar para un futuro (mejor sin fechas concretas) lo grato que será volver a las aulas y a las relaciones interpersonales presenciales.