Opinión

La televisión: aprender, desaprender, reaprender

La televisión: aprender, desaprender, reaprender
Frente a las generaciones anteriores que se podrían calificar como analógica-pasiva, se está abriendo paso una generación digital-activa-multifunción. Foto: Shutterstock

Llegó Internet y la televisión desapareció. Alguien puede pensar que estamos haciendo spoiler sobre la evolución de este medio o augurando un final apocalíptico de una televisión que llegó a nuestros hogares hace ahora 60 años, pero lo cierto es que en el universo digital en el que nos movemos –no siempre como pez en el agua- la televisión y sus contenidos se están adaptando en un proceso en el que la supervivencia, puede ser sin duda el gran –y único- objetivo.

La “gran pantalla” a la que hacíamos referencia cuando hablábamos en el siglo pasado a la televisión, ha dejado de tener su lugar exclusivo en el mundo del entretenimiento de los menores, especialmente. Un teléfono inteligente o una tableta de las que caben en un bolsillo son las tecnologías que se han abierto paso y en la que la audiencia infantil y juvenil descubre un universo de contenidos a la carta, a su disposición en cualquier momento y lugar.

La televisión y sus contenidos se están adaptando en un proceso en el que la supervivencia, puede ser sin duda el gran –y único- objetivo

No deja de sorprender cómo los restaurantes se llenan de parejas que ponen a sus hijos una pequeña pantalla encima de la mesa para que se mantengan entretenidos y no molesten, mientras los adultos comen. Hasta hace pocos años, los padres, preocupados por la educación mediática de sus hijos, ejercían cierto control sobre el medio, en tanto en cuanto sabían a qué hora o qué día se emitía determinado contenido que entendían que no era destinado a esta audiencia más joven.

Sin embargo, la situación actual ha cambiado. Ese contenido está disponible desde cualquier dispositivo y en cualquier momento. Basta con querer verlo. Ante este panorama, de nuevo se activa una doble responsabilidad: la de los generadores de contenidos televisivos y la de los padres o educadores.

Respecto a los primeros, y desde el mundo adulto, no se trata de poner en duda la carencia de valores pedagógicos o socialmente aceptables de algunos programas de televisión. Se trata de formar en valores que lleven a los menores a elegir con capacidad crítica qué ver o cómo procesar el contenido que están viendo. El Rubius, conocido youtuber, tiene 21 millones de seguidores en todo el mundo, la mayoría de ellos, menores que se divierten con sus monólogos. Tratar de comprender qué ven los adolescentes en este fenómeno social en las redes es casi misión imposible desde la atalaya adulta. Ahora bien, tratar de hacerles ver, de dialogar y comentar con ellos por qué siguen a este fenómeno de masas, qué valores trasmiten y si están de acuerdo con ellos o si, simplemente, es diversión, es una forma de educar para un uso responsable de los medios. Sean cuales sean.

Se trata de formar en valores que lleven a los menores a elegir con capacidad crítica qué ver o cómo procesar el contenido que están viendo

Lo mismo ocurre con la televisión. El control se complica, en especial, en la adolescencia; pero el diálogo y la búsqueda de una explicación de qué les gusta ver en la pantalla facilita la tarea de la formación mediática de los menores. Porque, además, frente a las generaciones anteriores que se podrían calificar como analógica-pasiva, se está abriendo paso una generación digital-activa-multifunción. Ver “solo” la televisión en el sofá de casa se convierte en una tarea aburrida, siempre y cuando no se tenga un dispositivo móvil en la mano que permita interactuar con otros sobre lo que está viendo y, si la programación televisiva aburre, desconectar del modo offline y navegar por la realidad online.

Los responsables de contenidos televisivos empiezan a darse cuenta de la necesidad de conectar con esta audiencia. Tradicionalmente, uno de los usos del medio y de las gratificaciones obtenidas del mismo estaba relacionado con la posibilidad de dar temas de conversación o, entre los menores, no sentirse al margen de las conversaciones de su grupo de iguales. Hoy en día, estas conversaciones tienen lugar en el medio digital, no solo en la vida real, y de manera inmediata, sin tener que esperar al día siguiente para verse y conversar sobre un determinado programa. Además, el contenido se “expande” por las redes, en tanto en cuanto, los menores pueden leer qué se dice sobre determinado personaje o contenido 24 horas al día en cualquier red social. A pesar de la gran diversidad de contenidos que ofrecen la TDT o plataformas como Netflix, la clave para los programas que tienen mayor éxito son aquellos que ven el grupo de iguales. Eso es algo que parece no haber cambiado, a pesar del incremento de la oferta audiovisual.

La responsabilidad a la hora de enfrentarse a este gran abismo mediático tiene necesariamente que ser conjunta, de padres, educadores y medios

Por último, y como cierre, desde que empieza a ver televisión con pocos años hasta que alcanza su mayoría de edad, el niño vive, experimenta, conoce y se enfrenta a multitud de decisiones y emociones mediáticas que debe saber cómo encauzar. En este contexto, además, se suma la incertidumbre digital que nos ha desbordado como un tsunami y en la que los adultos de hoy se mueven con menos habilidades que sus descendientes. Por lo tanto, la responsabilidad a la hora de enfrentarse a este gran abismo mediático tiene necesariamente que ser conjunta, de padres, educadores y medios. Es un trabajo conjunto, equilibrado y de sentido común, donde las tareas se reparten pero los resultados, sin lugar a dudas, se pueden llegar a multiplicar, de manera positiva en la educación mediática como nuevos ciudadanos digitales.