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Opinión

Lo ridículo de las fiestas COVID. Una propuesta reflexiva desde la comunicación y la educación

La enfermedad del coronavirus suma cerca de 17 millones de contagios a nivel mundial y ha provocado al menos 661.729 muertes. Han pasado cuatro meses y medio desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) calificó al brote como pandemia, y parece que nos hemos acostumbrado no solo a convivir con ella, sino que la invitamos a quedarse.

Estados Unidos es el país que aglutina más de un cuarto del total de casos reportados globalmente, con más de 4 millones de diagnosticados, y con un promedio de más de 66 mil casos nuevos al día. Y a pesar de ello, los últimos meses empezaron a circular rumores de que en la ciudad de Tuscaloosa, Alabama, algunos grupos de jóvenes organizaban las llamadas fiestas COVID, cuyo propósito era contraer el virus.

A inicios de julio la sospecha fue comprobada por la concejal de la ciudad. Según medios internacionales como ABC News, CNN, NBC y la agencia AP, la mecánica de estas fiestas consiste en que entre los invitados se recaude dinero y luego del evento, el primero que demuestra que se contagió, recibe lo reunido.

¿Qué pasa por la mente de estos jóvenes? ¿En qué momento lo ridículo pasó a ser normal y pretendido? ¿Ahora celebramos la enfermedad y la mortalidad? ¿Obtener algo de dinero es más valioso que la vida propia y la de los cercanos? ¿Qué papel tienen las autoridades? ¿Ayudan o no los medios al control de estas situaciones?

Podríamos hacernos muchas preguntas y señalar a muchos culpables. La responsabilidad definitivamente no recae en un solo grupo, y todos podemos coincidir en que quebrar la norma no es atractivo, es ridículo. Pero en este artículo, más que ser inquisidores, queremos dar apertura al diálogo y ser propositivos desde el campo que nos compete: la comunicación y la educación.

Albert Einstein dijo: “Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro”. El caso que aquí abordamos es prueba de lo pronunciado por el científico. Frente a esto, ¿qué podríamos hacer? Hago un postulado sencillo:

El actual ecosistema mediático, rico en medios y plataformas facilita el expandir información a diversos públicos y lograr que estos conecten con el contenido. Hablamos de una gestión estratégica de mensajes, denominada como transmedia storytelling, y que es empleada en industrias como la del entretenimiento, la publicitaria e, incluso, la periodística. ¿Acaso no podemos sacar partido de esta dinámica de producción y difusión de contenidos empleándola a favor de la educación y el fomento de la conciencia social?

Estamos aquí para utilizar todas nuestras armas… Y si hay jóvenes que para generar dinero y/o sentirse más cool se valen irresponsablemente de estas celebraciones, aprovechemos nosotros profesionalmente y a conciencia las tecnologías de la comunicación que tenemos a nuestra disposición para expandir exactamente lo contrario: un espíritu de identificación y solidaridad con otros seres humanos.

Como dije, el postulado es sencillo, su ejecución, no. Y no lo es en el sentido de que cada mensaje debe ser bien pensado y se debe buscar la mejor manera de ponerlo en forma y transmitirlo. Y para la carga informativa y educativa que estos deben contener, se necesita de profesionales de la comunicación y la educación que, además de conocimientos técnicos, hagan planteamientos con criterio y fondo. Profesionales comprometidos con el desarrollo y la mejora de la sociedad.

Quizá de esta forma contribuyamos a no seguir ridiculizándonos como sociedad y, más bien, a expandir contenido que nos haga crecer como ciudadanos. Pero, sobre todo, a despertar el instinto humano de defensa, empatía y ayuda al otro. Porque en una fiesta COVID el joven asistente no solo se convierte por su voluntad en portador del virus, se convierte por su voluntad en un arma de letalidad para quienes lo rodean.