Opinión

No compres más juguetes (al menos, así)

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Hemos saturado y "empachado" a los niños de juguetes. Foto: Shutterstock.

Los niños ya no quieren juguetes. O, al menos, de esta forma. Hemos conseguido que pierdan el interés por ellos. Les hemos saturado. Y hemos vuelto a confundir los términos. Lo especial ha perdido su esencia. La cantidad ha ganado la batalla a la calidad. Se han cansado de abrir paquetes. Aquello que debería ser sorpresa, ilusión y novedad se ha convertido en una rutina tediosa y monótona. Los hemos “empachado” de juguetes.

Quizás exagero, quizás no. Hablo de España. Converso estos días con varios colegas y amigos y parece que todos hemos asistido al mismo fenómeno, al mismo episodio. Los protagonistas pueden variar levemente: hijos, sobrinos, nietos. Sin embargo, la esencia de la escena era prácticamente idéntica: menores que abrían sus cajas de regalos envueltas en llamativos colores como quien abre la correspondencia comercial de unos grandes almacenes o el sobre que nos informa de la gran oferta que una compañía de no sé qué aparato tecnológico ha preparado para nosotros. La ansiedad que acompaña a la sorpresa de lo inesperado se había esfumado. Lo especial y lo único se tornaban en algo latoso y repetitivo. Simplemente, para aquellos niños sucedía lo previsto, lo habitual, lo que debía pasar.

Aquí no hay crisis

Parece que no todo son malas noticias. Varios medios de comunicación informan que “el sector del juguete prevé recuperar las cifras anteriores a la crisis económica”. Se venden más juguetes. O al revés: volvemos a comprar más juguetes. Los expertos señalan que las ventas online han contribuido a este crecimiento. Los grandes centros comerciales y las jugueterías del barrio se ven ahora acompañadas de las ofertas online de todo tipo de productos. Según datos de septiembre de 2016, ofrecidos por NPD GRoup, los juguetes licenciados (vinculados con películas, series, etc.) han aumentado su cuota de mercado (que se sitúa en un 29% y que podría ampliarse progresivamente). La Asociación Española de Fabricantes de Juguetes ha de estar contenta. En 2015, las ventas en el mercado nacional crecieron en un 5,8%. Esto es: más de mil millones de euros. O sea: cerca de 56 millones de unidades de juguetes vendidas.

La abundancia hace que los regalos pierdan el halo mágico que acompaña a lo especial y a lo inusual

La inquietud ahora es otra: ¿Deben lo Reyes Magos del lejano Oriente y el afanoso Papa Noel cumplir a rajatabla con todos las demandas que les llegan en la multitud de cartas que reciben cada año por Navidades? Lamento, cual abogado del diablo, decir que, seguramente… no. Hemos reflexionado de forma constante sobre el tipo de juguete idóneo, el que más educa, el que se debe evitar… Hemos debatido sobre cuándo comprar un smartphone o una tableta. E incluso si hay juguetes “azules” y otros “rosas”… Todo son, sin duda, temas de gran interés y de mucha pertinencia. Nos llevan a interrogarnos sobre el “qué”, el “cómo”, el “cuándo” y el “para quién”. Sin embargo, la pregunta que quisiera plantear es relativa al “cuánto”.

La abundancia que empobrece

La abundancia de juguetes, que caracteriza a estas fiestas navideñas, rompe el factor de la sorpresa como una “alteración emocional causada por algo imprevisto o inesperado”. La abundancia hace que los regalos pierdan el halo mágico que acompaña a lo especial y a lo inusual. Los riesgos son varios y serios:

  • No siempre será “todo”: Acostumbrados a recibir todo lo que solicitaron, nuestros menores darán por hecho que siempre será así. Es decir: cada año esperarán totalmente confiados en que debajo del árbol aparezcan esas cajas elegantemente embaladas con todo lo que habían solicitado. Todo. Darán por hecho que todo lo pedido será todo lo recibido. Y no solo en Navidades. También en diferentes facetas de su vida. En lo escolar, en lo deportivo, en lo personal…

  • Los tiempos de la vida: La ecuación de “muchos regalos en poco tiempo” impide que niños y niñas puedan disfrutar con sus juguetes, analizarlos, probarlos, estudiarlos y, en definitiva, jugar con ellos. Este aspecto invita, cuanto menos, a dosificar la entrega de juguetes y a intentar garantizar esos tiempos que permitan al niño apreciar y valorar ese “objeto” que el cariño de otros ha puesto ahora en sus manos.

  • Duro golpe a la fantasía: La avalancha de juguetes constituye además un duro golpe a la fantasía. Queda poco margen a la creatividad cuando todo viene hecho, dado, pautado, definido… La fantasía se define como la facultad humana que nos permite “representar mentalmente sucesos, historias o imágenes de cosas que no existen en la realidad o que no están presentes”. La capacidad de los niños por fantasear se ve duramente impactada por unos juguetes que ya sabíamos antes de abrirlos cómo eran y para qué eran. Quizás sería mejor romper la pauta y recuperar nuestra capacidad innata (cada vez más herida) de fantasear…

  • La creatividad: Seguramente me criticaran estas líneas argumentando que muchos niños del mundo –y es así– no pueden disfrutar ni tan siquiera de un par de juguetes en su infancia. No entraré hoy a reflexionar sobre este asunto, pero sí quisiera aludir justamente a algunos hallazgos que me topé en mis viajes (muy pronto Aika hablará de eso, de “viajes que educan”). Concretamente, me refiero a la capacidad de esos pequeños de los lugares más olvidados por convertir un trozo de madera en un “sofisticado telescopio” y una caja de zapatos en un “antiguo cofre del tesoro” o, como no, una esfera maciza de retazos de papel o ropas usadas en un “magnífico balón reglamentario del último mundial de fútbol”. Quizás es justamente eso: la creatividad nace de la necesidad, de la escasez, de la carencia. Y la abundancia, simplemente, la mata.

Mi reflexión era esta: escribir una sencilla y humilde esquela para aquellos regalos que nunca salieron de su caja. Decía hace unos días en este mismo portal que muchos padres se han olvidado de conversar y también de jugar con sus hijos. Quizás este empacho de juguetes responda a un intento de contrarrestar el tiempo no pasado con nuestros pequeños, puede que sea un intento de contrarrestar las horas no invertidas en jugar a su lado o de escuchar sus historias y relatos sobre mundos imaginarios. Mi reflexión pretendía simplemente señalar que el consumismo nos llevará al triunfo de la apatía y a la muerte sorpresa antes esos paquetes que esconden juguetes. Todo es “escuela”. De todo se aprende y de todo podemos enseñar. Y las navidades son una época idónea para inculcar unos valores y unos hábitos más sanos con el planeta, el entorno y con uno mismo.

El consumismo nos llevará al triunfo de la apatía y a la muerte sorpresa antes esos paquetes que esconden juguetes

Hace unos días, los informativos de televisión aludían a un experimento donde se preguntaba a varios jóvenes qué le regalarían a su madre. Era la pregunta 01. Y las respuestas incidían en objetos materiales: un viaje, un anillo, un teléfono, etc. Luego llegó la pregunta 02. ¿Y qué le regalarías si fueran sus últimas navidades? Entonces todo cambió. No solo las respuestas. También, las muecas, los gestos y esa particular reacción del rostro, la conciencia y la mente cuándo se sienten acorralados y perdidos.

Pues eso, pensemos en regalos que sean, en su contenido y en su cantidad, especiales y únicos. Cada vez creo más en las historias. Dice Jodorowsky que «la vida es un cuento”. ¿Por qué no acompañar cada regalo de una historia, de un relato, de un cuento? Es decir, regalar también el porqué de ese juguete y acompañarlo de una reflexión que vaya más allá del “objeto”. A fin de cuentas, un juguete educa y transmite valores. Escribí en mi último libro de viajes (Yunka Wasi, historias que cuenta la selva) lo siguiente: “Como viajero, como docente y como ciudadano (del mundo), guardo además la esperanza de que algún día las escuelas, los institutos o las universidades contemplen en sus programas alguna asignatura para ‘aprender a estar solo’”. No es una idea mía. Se la leí a Andréi Tarkovski, uno de los mejores directores del cine ruso y del mundo.

Hoy me acuerdo de estas líneas. Quizás deberíamos también enseñar y aprender (todos) a disfrutar con menos juguetes. Básicamente, porque el empacho de juguetes nos impedirá cumplir una máxima vital en la formación de todo ser humano: aprender a valorar todo lo que se tiene. Y lo que no.

Santiago Tejedor