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La distorsión cognitiva y cómo las teorías conspirativas logran anclarse en nuestras creencias

Teoría conspiratoria
Imagen de Enrique López Garre en Pixabay

Al igual que se extendió el virus del Covid-19 y la indignación por el Black Lives Matter, las teorías conspirativas se han viralizado por todo el mundo en sus diversas formas y ángulos, al gusto de quien la comparte y en una cantidad impresionante. El problema es que a pesar de que son desmentidas, las personas igual las comparten e incluso las defienden, ¿simple terquedad o es una conspiración internacional de un secreto grupo de ciudadanos a pie para desestabilizar al orden mundial y constituir un nuevo Estado?  Ni es tozudez ni se trata de otra teoría conspirativa.

Mas bien, es una trampa de nuestro cerebro llamada distorsión cognitiva. Un proceso mental que la cadena televisiva alemana Deutsche Welle (DW) narra magistralmente en el reportaje “la Democracia de los crédulos. Teorías conspirativas en internet” del periodista Jean Bergeron.

En el extenso y bien documentado reportaje, se recogen diversas opiniones de especialistas en el estudio de la desinformación, la sociología, las ciencias cognitivas, la física, la historia, el periodismo científico y hasta un miembro de la red Anonymus y un mago. Todos ellos plantean desde su experiencia y campo profesional las razones por las cuales las personas caemos en este tipo de engaños y nos aferramos a ellos como una tabla de salvación.

La distorsión cognitiva se basa en cómo nuestro cerebro procesa la información que recibimos de nuestro entorno, valiéndose de una serie de atajos o procesando solo ciertos estímulos para responder con eficacia en un contexto. Si bien esto le ha servido a la humanidad para sobrevivir en situaciones de peligro que requerían una rápida evaluación, lo cierto es que también generan percepciones erradas sobre un hecho.

Las malas pasadas de nuestro cerebro funcionan al igual que una ilusión óptica. Por ejemplo, la científica cognitiva de la Universidad de Quebec, Isabelle Blanchette, afirma que las personas crean arquetipos en el subconsciente y el cerebro es como una “máquina sensorial” que funciona con patrones. Es decir, si vemos una nube, tendemos a generar formas que nos son conocidas.

El reportaje de Bergeron ahonda en esta idea y los problemas que genera este factor, junto a los sesgos de anclaje y confirmación, de la mano de las nuevas tecnologías y los procesos de desinformación, como las corrientes de contenidos falsos viralizados en redes sociales.

Gérald Bronner, sociólogo de la Universidad de Paris-Diderot, entrevistado para el reportaje, señala que ante la inmensa cantidad de información que circula en internet compitiendo por conseguir atención, el proceso de la distorsión cognitiva genera que las personas prioricen algunos de estos contenidos sobre otros. Al respecto, el físico y mago, Luc Langevin, señala que esta distorsión es clave en el efecto que producen los trucos de magia y el propio acto de engaño.

En ese sentido, Bronner, autor del libro “La democracia de los crédulos” que analiza el impacto que tienen las distorsiones cognitivas en internet. En el caso de la distorsión de la duda, el sociólogo señala que si bien la duda es de utilidad para la vida en democracia y es un derecho, la duda irreflexiva es peligrosa.

En el informe se precisa que sembrar la duda no es difícil y tampoco lo es corroborar la información, pero eso implica un esfuerzo adicional que pocos están dispuestos a realizar. Esto es, porque nuestros cerebros trabajan en modo creencia, dado que es más cómodo que buscar información, señala el periodista científico de la Agence Science-Presse, Pascal Lapointe.

Para muestra, se brinda el ejemplo de una noticia, cuyo encabezado afirma que el “70% de usuarios de Facebook solo leen el titular de una noticia científica antes de comentarla”. Esta narración fue difundida por varias personas, pese a que su texto era una secuencia de frases repetidas en latín, resalta Gérald Bronner.

Al respecto, Blanchette afirma que el ser humano tiene dos formas de procesar el pensamiento lógico. La primera es más intuitiva, rápida y automática, por lo que no precisa de esfuerzo cognitivo. Mientras que la segunda es más racional, reflexiva y requiere recursos del conocimiento.

El informe agrega que en los contextos de dificultad o inestabilidad, las personas tendemos a caer más fácilmente en las convicciones, creencias o teorías conspiratorias con el fin de llenar los vacíos informativos que nos ayudarán a sobrellevar estas crisis. Así, entre el principio del menor esfuerzo, la necesidad de tener una respuesta rápida, la duda y la infodemia de contenidos falsos, la gente tiende a validar aquellas conspiraciones más afines a sus creencias.

Yves Gingras, historiador de la ciencia de la Universidad de Quebec, citado en el reportaje, señala que la tendencia de las personas a refugiarse en sus creencias y evangelizar sobre ellas, anteriormente formaban parte de entornos cerrados, como las conversaciones en un bar. No obstante, con el impacto tecnológico y el alcance de las redes sociales, las afirmaciones subjetivas de las personas son públicas, aunque no tengan fundamento.

Además, se arguye que la notoriedad de los contenidos es un factor que posiciona no necesariamente a los más acertados sino a los más populares. Según Bronner, quienes promueven las teorías conspirativas suelen estar más motivados e impulsar activamente sus contenidos mucho más que los indecisos, alcanzando un mayor nivel de difusión que las narraciones reales o las propias aclaraciones. Algo que Gingras ejemplifica con la Ley de Brandolini, basado en que “la cantidad de energía que se necesita para eliminar un bulo es mayor que para crearlo”.

Tal efecto, junto a la tendencia de las personas hacia el menor esfuerzo y a un activismo apasionado de los creyentes, hace complejo desmentir estos postulados subjetivos. Incluso lo convierte en una actividad de riesgo para los periodistas, expertos en verificación de contenidos o quienes alerten de la falsedad de estas afirmaciones. Puesto que se convierten en objeto de ataques y amenazas de los activistas de los bulos o las teorías conspirativas, según refiere Rudy Reichstadt, redactor en jefe del Conspiracy Watch (u Observatorio de la Conspiración).

En tal sentido, el reportaje se preocupa en explicar las condiciones personales que permiten maximizar la influencia de los bulos y teorías de la conspiración, además de las condiciones tecnológicas que brindan un soporte de amplificación de estos mensajes, sembrando la duda y reforzando la sensación de inseguridad en las personas; por lo que destaca la importancia de conocer estos procesos de aprendizajes y de recurrir a la alfabetización mediática para estimular el pensamiento crítico en las personas respecto a estos contenidos y a sus propias creencias.